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  • Foto del escritorFer Pal

La realidad y el Dios interior.

Para comprender bien la realidad y verdaderamente reconectar con el Dios interno, uno tiene que enraizarse bien en la tierra. 


Así como el árbol necesita de unas buena raíces para crecer en altura y tener una gran copa, nosotros precisamos de ese enraizamiento que a nivel cuántico es nuestro linaje, nuestros orígenes hasta la primera forma de vida. La memoria de la tierra está en nosotros pues toda nuestra materia es de la tierra. Los átomos que componen nuestro cuerpo fueron antes dinosaurios, reptiles, aves, plantas. 


La tierra tiene su memoria y nosotros tenemos acceso a esa memoria si se sabe cómo acceder. Si uno pretende elevarse sin arraigamiento, se convierte en un globo de Helio y se pierde en el misterio de la mente, creando todo tipo de ficciones e incluso perdiéndose en historias egoicas porque el ego siempre quiere tomar el control del ser. 


Es nuestro lado oscuro de una dualidad universal. El ego es como mínimo del mismo tamaño que nuestra luz. Si tenemos un lado muy luminoso, tenemos una sombra que reclama el mismo espacio. Esto es muy fácil de demostrar físicamente con un sencillo experimento. Los buenos “chamanes” es lo que te enseñan, a ser conscientes de la oscuridad que portamos y a saber darle el espacio que necesita. Nuestra oscuridad nos completa, hay que aceptarla e integrarla para equilibrarse. El ego necesita su espacio, eso si, hay que conocerle bien para saber cuando se manifiesta y cómo. 


A medida que trabajamos eso, el ego es más sutil y se nos cuela cuando menos lo esperamos. Es un trabajo constante. Una de  las peores cosas que te puede pasar es creer que mataste tu ego y que ya no tienes. Es señal inequívoca de que estás completamente dominado por él. Por eso el enraizamiento es clave, nos ayuda a estar conectados con la humildad y la memoria. 


Somos los testigos vivos de los que estuvieron antes, comportémonos con respeto y admiración por todos los que estuvieron aquí antes que nosotros y seamos conscientes que en nuestras manos está su legado, desde la primera bacteria que decidió dividirse a pesar de saber que era su fin en el primer acto de amor conocido, la mitosis, se muere uno para que nazcan dos y perpetuar el milagro de l vida. 


Si el ego se hubiera impuesto, nuestro primer ancestro, aquella bacteria, hubiera muerto y estas palabras no habrían sido posibles. Sin embargo, venció el amor y nosotros somos el resultado vivo, consciente… ¿Qué vamos a hacer con él? ¿Nos responsabilizamos ó no?

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